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Cumbia villera: cómo nació, qué contaba y por qué incomodó
Nació a fines de 1999 en el conurbano bonaerense, con grabaciones pagadas por los propios músicos, y en pocos años ocupó una parte grande del mercado discográfico. Qué contaba, quiénes la hicieron y por qué todavía se discute.
Por Redacción ZM Radar · Publicado el
La cumbia villera nació a fines de 1999 en el conurbano bonaerense y en dos o tres años llegó a todo el país. Contaba la vida en los barrios pobres con un lenguaje que la cumbia romántica no usaba: la policía, el consumo, el robo, la falta de trabajo. Fue un éxito comercial y, al mismo tiempo, un problema para los medios y para el Estado, que intentó limitarla. Todavía hoy se discute qué fue: una denuncia, una celebración o las dos cosas a la vez.
Cómo empezó
El nombre que aparece en todas las fuentes es el de Pablo Lescano. Según la antropóloga Eloísa Martín, que estudió el género en la revista TRANS (2008), Lescano grabó en agosto de 1999 el primer disco de Flor de Piedra con dinero propio, en un circuito de copias que corría por fuera de las discográficas. El disco fue "La vanda más loca", que el investigador Matías Cena, de la Universidad Nacional de Rosario, ubica en 1999.
La Nación sitúa el comienzo en Villa La Esperanza, alrededor de 2000, y señala a "Sos botón" como el tema que abrió el camino. A comienzos de 2001 ya había muchos grupos más: el diario nombra a Damas Gratis (también de Lescano), Pibes Chorros y Eh Guacho, y Martín suma a Yerba Brava. Según ella, tocaban cada semana en distintos puntos de Buenos Aires.
El contexto: la crisis
El género no se entiende sin la Argentina de esos años. Martín describe una década de desindustrialización, desempleo en alza y salarios en baja. Para 2002, la economía informal equivalía a la mitad del producto bruto, según su trabajo. Cena, en La Trama de la Comunicación (2016), centra su estudio entre 1999 y 2002 y vincula el auge del género con el derrumbe de la convertibilidad y la crisis de 2001.
Qué contaban las letras
Las dos lecturas académicas coinciden en que las letras rompían con la cumbia anterior. Martín señala tres cambios. El ocio y el consumo ya no aparecían como premio al trabajo. El robo se presentaba como una forma más de arreglárselas. Y la figura central pasó a ser el "pibe chorro", con el aguante como valor en lugar del empleo.
También cambió la forma de hablar de las mujeres. Martín observa que algunas letras las mostraban con deseo propio, algo raro en el tango o la cumbia romántica, aunque otras eran abiertamente despectivas. La Nación pone el foco en ese costado: la violencia hacia las mujeres, el consumo y el delito como algo normal.
Cena propone leer el género como denuncia y afirmación al mismo tiempo. Las letras documentaban el narcotráfico, la violencia policial y la vida en la calle, y a la vez reivindicaban una identidad que el resto de la sociedad usaba como insulto.
El éxito y la censura
El crecimiento fue rápido. Martín estima que hacia 2001 la cumbia villera representaba cerca de un cuarto del mercado musical argentino. Cena da una cifra más alta para 2003, el 45 % del mercado discográfico. Son estimaciones de cada investigador y no coinciden entre sí.
En 2001 llegó la respuesta del Estado. Cena cuenta que el COMFER, el organismo que regulaba la radio y la televisión, emitió pautas que acusaban al género de incitar al consumo de drogas. Para él, esa lectura tenía más que ver con prejuicios de clase que con la música: temas parecidos se aceptaban sin problema en el rock.
Qué quedó
La escena cambió con los años. En 2012, La Nación nombraba a una nueva camada, con Wachiturros, La Liga y Culisueltas.
Martín advierte sobre un riesgo en la forma de contar esta historia: convertir a la cumbia villera en un simple "testimonio de la pobreza" y perder lo que tenía de incómodo. Los propios músicos, dice, se definían como apolíticos.
Una lectura de Radar: la cumbia 420 y el RKT, que hoy suenan en los mismos barrios del conurbano, llegaron con otra producción y otras plataformas, pero también cuentan la calle desde adentro. Esa continuidad es una observación editorial; ninguna de las fuentes citadas la estudia.